Mi mejor amigo es economista. Y yo soy médico. Nuestros caminos no podrían haber sido más distintos.
Mientras él estudiaba macroeconomía (tipos de interés, ciclos económicos, política monetaria), a mí me enseñaron dónde estaba el músculo glúteo medio, toda su inervación y lo importante que era para evitar molestias en la rodilla. Me acuerdo perfectamente de aquellos exámenes de anatomía: un cadáver sobre la mesa, banderillas clavadas en distintos puntos, y tú ahí, tratando de identificar cada músculo con nombre y apellidos. Había poco margen de error. O sabías qué había debajo de esa banderilla o no lo sabías.
Un día, durante la carrera, me colé en una de sus clases. Macroeconomía. No voy a mentirte: no me colé por curiosidad intelectual. Aún estaba en la edad del pavo (que en los hombres se puede alargar más de lo normal). Puede que fuera para ver a alguna chica, o puede que simplemente me apeteciera saltarme una hora de estudio. El caso es que me senté al fondo mientras el profesor hablaba de la oferta y la demanda, de la inflación, de cómo los bancos centrales mueven los hilos de la economía. Y no me enteré de nada, ni tampoco me importó.
Por aquel entonces yo estaba completamente metido en mi carrera de medicina. Tenía los exámenes de anatomía en la cabeza, las prácticas y más tarde fueron las guardias. No he tenido espacio mental para otra cosa. Y sobre todo, nunca he necesitado un porqué. Yo siempre he querido tener un porqué para estudiar algo. Un motivo práctico, una razón que conectara con mi vida. Y sentado en aquella clase, escuchando conceptos que no sabía para qué servían, no lo encontré.
Así que en aquel momento, esa clase no me sirvió para nada.
Muchos años después, cuando empecé a gestionar mi dinero, necesité entender todo eso (qué era la inflación, cómo funcionaban los tipos de interés, por qué los mercados se movían así) y pensé en aquella hora perdida en la facultad de económicas. Todo lo que podría haber escuchado gratis, tuve que aprenderlo solo, leyendo libros, cometiendo errores y pagando el precio de la ignorancia.
Los caminos no se eligen dos veces. Yo seguí con mis cadáveres y él con sus gráficos. Y durante muchos años, la economía fue algo que pasó a mi alrededor sin que yo participara.
Antes de entrar en la universidad, Víctor y yo tuvimos que presentar un proyecto para acceder a la carrera. Yo me pasé todo un verano encerrado en el laboratorio del instituto. Elegí química. Sinteticé un fármaco. Horas y horas midiendo, mezclando y documentando todo. Me lo tomé como si me fuera la vida en ello, porque en cierto modo así lo sentía.
Dos semanas antes de la fecha de entrega del trabajo, mi amigo Víctor hizo una revisión histórica del club de baloncesto de nuestro pueblo.
Cuando los dos presentamos nuestros proyectos y los profesores se fueron a deliberar, recuerdo que me asusté por él. Pensaba: «El pobre va a suspender. Ha hecho un trabajo sobre baloncesto y yo he sintetizado un fármaco. No hay comparación.»
Víctor sacó un 10, y yo saqué un 9.
Ese día aprendí algo que tardé años en aplicar pero que nunca olvidé: no es necesario que todo sea complicado para que sea excelente. Se pueden obtener mejores resultados con menor esfuerzo si sabes qué es lo importante. El término que lo resume es la eficiencia. Y Víctor, sin saberlo, me lo enseñó antes de que ningún libro lo hiciera.
Esa lección es la que me acompaña cada vez que me siento a analizar una empresa. No necesito un máster en finanzas. No necesito dominar las matemáticas avanzadas de un modelo de descuento de flujos de caja con seis decimales de precisión. Necesito entender lo esencial. Y lo esencial, cuando está bien ordenado, se puede entender.
Lo que vas a encontrar en este libro
He escrito este libro para que lo disfrutes como si fuera un viaje. Está dividido en tres partes y cincuenta píldoras, cada una diseñada para que puedas leerla de forma independiente, aunque juntas forman algo más grande.
La primera parte te da los cimientos. La macroeconomía que a mí me faltaba y que a Víctor le enseñaron en aquella clase a la que me colé. Qué es la inflación, cómo funcionan los tipos de interés, qué hace un banco central, por qué sube y baja la bolsa. Son los conceptos que necesitas para entender el terreno de juego antes de poner un euro encima de la mesa.
La segunda parte es el corazón del análisis. Cómo leer una cuenta de resultados, un balance, un flujo de caja. Qué es una ventaja competitiva y por qué importa más que cualquier ratio. Cómo valorar una empresa, cómo construir una tesis de inversión, cómo leer lo que un CEO dice entre líneas.
He dejado esta parte del libro, lo que para mi significa el cuerpo de este trabajo, para las píldoras que pueden resultar más complejas. Todo lo que yo tuve que aprender leyendo decenas de libros, aquí lo tienes resumido y ordenado para que tú no tengas que hacer el mismo camino a ciegas.
La tercera parte es la que más me importa, es en la que hablo sobre psicología financiera. De por qué tu cerebro te sabotea cuando inviertes. De los sesgos que te hacen vender cuando deberías mantener y mantener cuando deberías vender. Del pensamiento de segundo nivel. De la importancia de leer, de pensar diferente, de tener un método. Y de algo que descubrí con el tiempo: que seleccionar una buena empresa no es la parte más difícil de invertir. Lo más difícil es la de vender, o la de aguantar cuando las cosas se ponen feas. Y para eso necesitas algo que va más allá de los números.
Al final del libro te presento mi método: las 6 preguntas + 1. Seis preguntas racionales y una emocional. Porque lo que no te emociona, no lo estudias bien. Y lo que no estudias, no lo aguantas.
**Para quién es este libro**
No he estudiado economía. No soy analista financiero. No gestiono el dinero de nadie excepto el mío. Soy médico. Y soy un inversor que empezó perdiendo dinero con un fondo de su banco tradicional y que decidió que la responsabilidad de sus decisiones financieras tenía que ser suya.
Este libro es para ti si te encuentras donde yo estaba hace unos años: con ganas de aprender pero sin saber por dónde empezar. Con la intuición de que invertir es importante pero con la sensación de que es un mundo que no está hecho para ti. Con la sospecha de que no necesitas ser economista para entender una empresa, pero sin las herramientas para demostrártelo a ti mismo.
Quiero ser honesto contigo desde el principio. Escribo esto en 2026, y creo que estamos en la fase final de un ciclo alcista. Me he mojado públicamente con esta opinión y sigo pensándolo. Es posible que cuando este libro llegue a tus manos, el mercado haya corregido y hablar de bolsa ya no esté tan de moda. Porque así funciona esto: cuando todo sube, todo el mundo quiere invertir; cuando los mercados caen, nadie quiere oír hablar del tema.
Si es así, si estás leyendo esto en medio de un mercado bajista, mejor. Significa que tu interés es real y no una moda. Y significa que los conceptos que vas a encontrar aquí te van a ser más útiles que nunca.
He intentado que todo lo que he escrito aquí sea atemporal. Los principios del análisis fundamental no cambian con los ciclos. Pero tendré que explicar algunos conceptos con los números de hoy, con los ejemplos de empresas que conozco y las valoraciones que manejo. Eso no hace que el libro quede desactualizado. Los números cambian; la forma de pensar, no.
Estás en el sitio correcto. Y no hace falta que todo este aprendizaje sea complicado.
Víctor, este libro va dedicado a ti. Te prometí el primero y no te lo di. Subí el Montblanc y te traje unas cervezas de Chamonix. Tampoco las tuviste. Vivimos en ciudades diferentes y soy un desastre llevándote regalos. Pero necesitaba dejar por escrito lo que me enseñaste hace ya tantos años, aunque fuera en un libro que probablemente tampoco llegue a tus manos a tiempo.
Lo que tú estudiaste es fascinante. Tardé años en darme cuenta, pero lo es. Y he tenido mucha suerte de haberte conocido. Sin aquella lección del 10 y el 9, probablemente mi vida sería muy diferente y este libro no existiría.
Empecemos.