La palabra recesión da miedo. Y es normal que lo dé, porque cuando una recesión llega de verdad no es un concepto abstracto de libro de texto. Es el vecino que cierra su negocio, el amigo que se queda sin trabajo, la sensación de que todo lo que parecía sólido de repente ya no lo es tanto. Yo recuerdo la de 2008 con bastante claridad, aunque en aquel momento no invertía y no entendía ni la mitad de lo que estaba pasando. Lo que sí recuerdo es el ambiente: los telediarios hablando de crisis todos los días, los carteles de "se vende" multiplicándose en las calles, y a Zapatero hablando de los famosos "brotes verdes" mientras el país se hundía trimestre a trimestre. Aquellos brotes verdes se convirtieron en una broma nacional, y con razón: el PIB español cayó un ocho y medio por ciento entre 2008 y 2009, y el paro escaló hasta superar el veinticuatro por ciento<sup>1</sup>.
Pero vamos a lo que importa. ¿Qué es una recesión en términos concretos?
En la píldora anterior hablé del PIB, de lo que mide y de sus limitaciones. Aquí entra de nuevo. La definición técnica más extendida dice que hay recesión cuando el PIB de un país cae durante dos trimestres consecutivos. Es una convención, no una ley de la naturaleza. Dos trimestres seguidos de contracción y los economistas empiezan a usar la palabra. Pero la realidad es que una recesión se siente antes de que los datos la confirmen. Cuando la gente empieza a gastar menos, cuando las empresas congelan contrataciones, cuando los bancos endurecen el crédito, la recesión ya está ahí aunque los números oficiales no la hayan certificado todavía.