Más de la mitad de mi cartera está en dólares. A veces ha llegado al sesenta por ciento. Y durante mucho tiempo no le di la importancia que merece a ese dato. Me centraba en si mis empresas subían o bajaban, en si los resultados trimestrales eran buenos, en si el mercado estaba caro o barato. El tipo de cambio entre el euro y el dólar era algo que veía de reojo en la pantalla, una cifra que se movía despacio y que no me generaba ninguna emoción. Hasta que un año vi cómo una inversión que había subido un diez por ciento en dólares se quedaba en prácticamente nada al convertirla a euros, porque el dólar se había debilitado en la misma proporción. Ese día el tipo de cambio dejó de ser una cifra decorativa.
Yo vivo en euros. Pago mi hipoteca en euros, hago la compra en euros, pago la luz en euros. Da igual cuánto gane una inversión en su moneda original si al final del camino tengo que convertirla a la moneda con la que pago mis facturas. Y esa conversión puede sumar o restar más de lo que parece.
El ejemplo más claro: imagina que compras un fondo indexado al S\&P 500 cuando el euro cotiza a un dólar con diez. Un año después, el fondo ha subido un quince por ciento. Pero resulta que el euro se ha fortalecido y ahora cotiza a un dólar con veinticinco. Cuando conviertes tus dólares a euros, ese quince por ciento se ha reducido a un seis o un siete. La inversión fue bien, pero la divisa se comió casi la mitad de la rentabilidad. Y funciona también al revés: si el dólar se fortalece mientras tu inversión sube, el efecto divisa amplifica las ganancias. Es un arma de doble filo que muchos inversores europeos descubren demasiado tarde.