Entras en un restaurante en Tokio, en Lima, en Estambul. Te sientas. Pides algo para beber. Y en la carta hay Coca-Cola o Pepsi. No hay una tercera opción. No hay un refresco local que compita con ellas por ese espacio en la nevera del restaurante. Da igual el país, da igual la cultura, da igual el idioma. Coca-Cola lleva más de un siglo ocupando ese lugar, y ningún competidor ha conseguido arrebatárselo.
Eso es una ventaja competitiva. No es ser grande. No es tener buenos productos. No es facturar mucho. Es tener algo que impide que otros te quiten el sitio. Warren Buffett lo llama moat, que es la palabra inglesa para el foso que rodeaba los castillos medievales. Cuanto más ancho y más profundo sea el foso, más difícil es que alguien entre a conquistarte. Es la primera pregunta que me hago cuando analizo una empresa. Si no tiene un foso claro, no me interesa. Porque sin ventaja competitiva, los beneficios de hoy son el margen que un competidor te va a comprimir mañana.
En las últimas píldoras hemos mirado las tripas financieras de las empresas: márgenes, ROE, ROCE, deuda. Todo eso sirve para medir la salud de un negocio en un momento dado. Pero la ventaja competitiva es lo que explica por qué esa salud se mantiene en el tiempo. Una empresa con un ROE del 25% sostenido durante diez años consecutivos no lo consigue por casualidad. Lo consigue porque tiene algo que sus competidores no pueden copiar fácilmente. El ratio te muestra el qué. El moat te explica el por qué.