Mi madre lee todo lo que publico. Es mi lectora más fiel y, probablemente, la más honesta. Un día me llamó por teléfono con una duda que llevaba semanas guardándose. Había leído varios de mis artículos y notaba que en todas las empresas aparecía un tal CEO. Siempre el CEO esto, el CEO aquello. Y ella, con toda la lógica del mundo, se preguntaba quién era ese señor que estaba metido en todas las empresas a la vez. Me eché a reír. Pero cuando le expliqué que CEO son las siglas de Chief Executive Officer, el consejero delegado, la persona que dirige la empresa, me di cuenta de algo: si no sabes qué hace un CEO, tampoco puedes saber qué hace bien o qué hace mal. Y eso es exactamente lo que vamos a ver aquí.
Un CEO tiene muchas funciones. Fijar la estrategia, gestionar el equipo, representar la empresa ante inversores, reguladores y clientes. Pero hay una función que, por sí sola, determina más que cualquier otra si los accionistas van a ganar o perder dinero con el tiempo: decidir qué hacer con el dinero que genera el negocio.
A eso se le llama asignación de capital. Y es más sencillo de lo que parece.
Cuando una empresa genera flujo de caja libre (el dinero real que queda después de pagar todos los gastos y las inversiones necesarias para mantener el negocio), el CEO tiene esencialmente cinco opciones. Puede reinvertir en el propio negocio para crecer. Puede hacer adquisiciones, comprar otras empresas. Puede repartir dividendos a los accionistas. Puede recomprar acciones propias en el mercado. O puede reducir deuda. Esas cinco palancas, y la proporción en que las usa, definen el futuro de la empresa mucho más que cualquier presentación de resultados.