Hay un momento concreto en el que este libro empezó a cambiar mi forma de invertir. No fue cuando aprendí a leer un balance, ni cuando entendí qué era el flujo de caja libre. Fue cuando me tropecé con un experimento que parecía ridículo por lo sencillo y que, sin embargo, explicaba casi todas las decisiones absurdas que había tomado con mi cartera.
El experimento es este: a un grupo de personas se le ofrece una moneda al aire. Si sale cara, ganan ciento cincuenta euros. Si sale cruz, pierden cien. Matemáticamente es una apuesta favorable (la esperanza es positiva), y aun así la mayoría la rechaza. La mayoría prefiere no jugar. No porque no sepan sumar, sino porque el dolor de perder cien euros pesa más que la alegría de ganar ciento cincuenta.<sup>1</sup>
Eso es la aversión a la pérdida, y cuando lo leí por primera vez me quedé un rato pensando. No en el experimento en sí, sino en todas las veces que yo había hecho exactamente lo mismo con mis inversiones sin darme cuenta.
El cerebro que no evolucionó para invertir
Daniel Kahneman y Amos Tversky publicaron su teoría prospectiva en 1979 y demostraron algo que los economistas llevaban décadas ignorando: las personas no evalúan las ganancias y las pérdidas de forma simétrica. Perder duele aproximadamente el doble de lo que alegra ganar la misma cantidad. No es una metáfora —es una asimetría medible, replicada en decenas de estudios durante más de cuarenta años.
Lo que me hizo pensar fue el porqué evolutivo. Durante cientos de miles de años, perder recursos podía significar no sobrevivir al invierno. Ganar un poco más era agradable, pero no determinante. El cerebro que reaccionaba con pánico ante la pérdida era el que sobrevivía. Nosotros descendemos de esos cerebros. El problema es que ese mismo mecanismo que nos salvó en la sabana nos sabotea delante de una pantalla con cotizaciones en rojo.