Una de las mejores inversiones que he tenido es una en la que casi no pensé. Taiwan Semiconductor (TSMC) apareció en mi radar como una posición más, sin una convicción especial. No le dediqué semanas de análisis obsesivo ni me enamoré de su historia. Simplemente encajaba con lo que buscaba: una empresa dominante en un sector con viento de cola. La compré, la dejé trabajar y el resultado fue excelente.
Y luego está Porsche. Porsche fue lo contrario. Estaba convencido. Convencido de que el moat estaba ganado, de que la marca era intocable, de que nadie podía competir con décadas de ingeniería alemana y un posicionamiento de lujo que parecía blindado. Era una de esas tesis que se sienten cómodas, donde todo encaja y no necesitas buscar el argumento en contra porque la conclusión te parece obvia.
El problema fue China.
Y no solo China como mercado, sino China como fabricante. BYD, Xiaomi, y otras marcas que hace diez años asociábamos con productos baratos están fabricando coches de una calidad que compite directamente con los europeos. Y aquí me toca ser honesto: yo también cargaba con ese sesgo. De pequeño, «hecho en China» era sinónimo de mala calidad. Y en alguna parte de mi cabeza seguía operando esa creencia, a pesar de que las evidencias llevaban años diciendo lo contrario. China ha experimentado una transformación industrial sin precedentes, y muchos de nosotros no hemos actualizado nuestro mapa mental al ritmo que debíamos.
Porsche es, para mí, una historia de exceso de confianza. No de mala suerte, no de un cisne negro imprevisible. De pensar que sabía más de lo que sabía sobre un sector que no es el mío.