Hay conceptos financieros que suenan importantes precisamente porque nadie se atreve a admitir que no los entiende del todo. El EBITDA es uno de ellos. Lo ves en artículos, en presentaciones de resultados, en conversaciones entre gente que invierte. Lo usan analistas, directivos y periodistas financieros. Y la mayoría de las veces, quien lo usa sabe menos de lo que aparenta. Lo sé porque yo fui uno de ellos. Usaba el EBITDA para comparar empresas antes de entender qué estaba comparando realmente. Y cuando por fin lo entendí bien, entendí también por qué algunos de los mejores inversores del mundo desconfían de él.
Vamos a desmontarlo pieza a pieza, sin prisa y sin tecnicismos innecesarios.
**QUÉ ES EL EBITDA, EN SERIO**
EBITDA son las siglas en inglés de Earnings Before Interest, Taxes, Depreciation and Amortization. En castellano: beneficio antes de intereses, impuestos, depreciación y amortización. Parece un trabalenguas, pero la idea es sencilla si la coges por partes.
En la píldora 17 recorrimos la cuenta de resultados de Nestlé y llegamos al beneficio neto. Para llegar a ese número, la empresa había restado todos los gastos: los costes de producción, los salarios, los intereses de la deuda, los impuestos, y también la depreciación y amortización de sus activos. El EBITDA es el resultado de coger ese camino y pararse antes de restar cuatro cosas: los intereses, los impuestos, la depreciación y la amortización. Es como si dijeras: quiero saber cuánto gana esta empresa con su actividad, sin que me influya cuánta deuda tiene, cuánto paga de impuestos, ni cómo reparte el desgaste de sus máquinas y sus fábricas a lo largo del tiempo.