El PER fue lo primero que aprendí cuando empecé a invertir. Precio entre beneficio. Cuántas veces pagas lo que gana la empresa en un año. Un número limpio, fácil de calcular, fácil de comparar. Si una acción cotiza a 100 euros y la empresa gana 5 euros por acción, el PER es 20. Parece que con eso ya tienes suficiente para decidir. PER bajo, empresa barata. PER alto, empresa cara. Compras lo barato, evitas lo caro, y a vivir. Si fuera así de sencillo, todo el mundo ganaría dinero en bolsa. Y sabemos que no es así.
Benjamin Graham, el padre del value investing, popularizó una forma de invertir que él mismo comparaba con recoger colillas del suelo<sup>1</sup>. Su idea era que si encontrabas una empresa tan castigada por el mercado que cotizaba por debajo del valor de liquidación de sus activos, te quedaba al menos una calada. Una última calada gratis. No hacía falta que fuera un gran negocio. Bastaba con que estuviera tan barata que el margen de error fuera enorme. Eso funcionó durante décadas en un mercado donde la información era lenta, los inversores institucionales eran pocos, y las ineficiencias duraban meses o años. Hoy, en un mercado donde la información viaja en milisegundos y cualquier anomalía de precio se arbitraje en horas, las colillas de Graham ya no están tiradas en la acera. Y sin embargo, la idea de que PER bajo equivale a ganga sigue metida en la cabeza de la mayoría de inversores que empiezan. A mí me costó años quitármela.