Si inviertes y usas X (antes Twitter), esto te va a sonar. Abres la aplicación y tu timeline está lleno de gente que tiene las mismas acciones que tú. Todos hablan de las mismas empresas. Todos comparten los mismos análisis. Todos parecen estar de acuerdo en que esas empresas van a subir. Y tú, sin darte cuenta, empiezas a sentirte bien. Estás rodeado de gente que piensa como tú. Tu tesis se refuerza con cada tuit que lees. Cada hilo que alguien publica diciendo que esa empresa está infravalorada es una inyección de confianza directa al cerebro.
Pero lo que nadie te dice es que X funciona como la plaza de un pueblo. Están todos. Los que invierten a largo plazo y los que especulan a corto. Los que han tenido suerte y gritan más fuerte, y los que no la han tenido y prefieren no abrir la boca. Hay cuentas que desaparecen en silencio después de una racha mala. No publican su pérdida. No escriben un hilo explicando qué salió mal. Simplemente dejan de existir. Y lo que queda en tu timeline es un paisaje distorsionado donde parece que todo el mundo gana dinero, todo el mundo tiene razón y todo el mundo ha comprado la misma empresa de moda justo antes de que subiera.
Esa distorsión tiene nombre: sesgo de supervivencia. Pero se alimenta de otro sesgo más profundo, que es el que nos ocupa hoy: el sesgo de confirmación. La tendencia automática, casi involuntaria, de buscar información que confirme lo que ya crees y de ignorar o descartar la que lo contradice.