La forma más rápida de entender los tipos de interés es pensar en una hipoteca. Cuando pides dinero prestado para comprar un piso, el banco te cobra un porcentaje anual por ese préstamo. Ese porcentaje es el tipo de interés. Si es bajo, la cuota te sale más llevadera. Si es alto, cada mes duele más. Hasta ahí, todo el mundo lo entiende. Lo que ya no entiende tanta gente es por qué ese número cambia, quién lo decide y qué tiene que ver con que la bolsa suba o baje un martes por la tarde porque un señor en Washington ha dicho una frase ambigua en una rueda de prensa.
Yo siempre he sido defensor de las hipotecas a tipo fijo. Hace unos años convencí a mi hermana de que cambiara la suya. Tenía un variable que en aquel momento le salía bien, pero le expliqué algo que creo que mucha gente no calcula: la diferencia entre pagar un dos por ciento y un tres por ciento en una hipoteca de doscientos mil euros a treinta años no son unos pocos euros al mes. Son más de treinta mil euros adicionales a lo largo de la vida del préstamo. Un solo punto porcentual. Treinta mil euros. Cuando lo ves así, entiendes por qué los tipos de interés son la variable más importante de toda la economía. Porque ese efecto multiplicador que notas en tu hipoteca se repite en cada préstamo, en cada empresa que se endeuda para crecer, en cada gobierno que emite deuda para financiarse.